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Antonio Conejo Salguero2019-02-26T08:53:42+00:00
Antonio Conejo Salguero

Antonio Conejo Salguero

Asesinado 28 de mayo de 1983. Pamplona

Antonio Conejo Salguero. Cabo primero de la Guardia Civil.

A las 11:30 horas del 28 de mayo, dos individuos trajeados penetraron en el edificio central de Correos de Pamplona, situado en el paseo de Sarasate, a pocos metros de la plaza del Castillo. Su llegada no levantó sospechas en las dependencias, en las que, entre empleados y clientes, habría unas cincuenta personas. En aquellos momentos tres agentes de la Guardia Civil se encargaban de la seguridad del edificio: uno se encontraba en el interior de una garita blindada, y los otros dos, en la zona de acceso del público.

Los dos individuos se dirigieron hacia los dos últimos guardias civiles y, cuando estaban junto a ellos, sacaron varios revólveres para dispararles a bocajarro. Los asesinos efectuaron una docena de disparos. Los guardias civiles cayeron al suelo malheridos y los terroristas aprovecharon esta circunstancia para disparar nuevamente y rematarlos, sin que el tercer agente lograra reaccionar. Los testigos del atentado, a su vez, se arrojaron al suelo en medio de escenas de pánico en las que una mujer sufrió un ataque de histeria.

El cabo primero Antonio Conejo Salguero resultó muerto en el acto, y su compañero, FIDEL LÁZARO APARICIO, murió cuando era trasladado a un centro sanitario. Antonio Conejo, de cuarenta y un años, natural del Valle de Santa Ana (Badajoz), estaba casado y era padre de dos hijos de doce y trece años.

Los Comandos Autónomos Anticapitalistas se responsabilizaron del doble asesinato.

El 8 de junio de 2008 el Diario de Navarra recogía el testimonio de la viuda e hija de Antonio Conejo. Veinticinco años después de su asesinato, Mercedes Pérez recordó cómo su marido se levantó a las 5:30 horas el día en que fue asesinado: «Quería ir impecable en su primer servicio, pero no quiso que yo me levantara a ayudarle. Aquel día estaba nervioso, pero feliz». El agente estrenaba un destino más cercano a la calle tras haber pasado muchos años desempeñando su trabajo en las oficinas de la Comandancia de la Guardia Civil. «Estar con la gente es lo que más le gustaba a él», rememoraba su viuda.

En el reportaje, Ana Conejo, la hija del agente asesinado, explicaba también cómo el último recuerdo de su padre fue el del rato que compartieron la noche anterior al crimen, viendo juntos el célebre programa de televisión Un, dos, tres. Ana, casada y madre de dos hijos, deseaba rescatar el nombre de su padre porque, como aseguraba entonces, «Si no se habla, se olvida». Así relataba el día en que su padre fue asesinado y los difíciles años posteriores:

Recuerdo a compañeros de mi padre de la Comandancia que lloraban y que pregunté a mi madre qué pasaba. Me respondió que habían matado a mi padre. «¿Por qué si es tan bueno?». Mi madre nos explicó que no lo habían matado porque fuera malo, sino por el uniforme que llevaba. No tuvimos la ayuda de ningún psicólogo, afortunadamente ahora se hacen las cosas mejor. Entonces me dieron un Valium.
Nos quedamos sin casa, puesto que el último año habíamos vivido en la Comandancia. Fuimos a vivir a la de mis abuelos. En cuatro años cambié cuatro veces de colegio. Pero lo peor fue que de la noche a la mañana habíamos perdido a un padre que con nosotras siempre había sido muy cariñoso. El recuerdo posterior es que tengo que acompañar a mi madre, que sufrió depresiones muy fuertes, cada tarde al cementerio.
Mi padre siempre quiso que las dos hijas estudiáramos y así lo hicimos. La Asociación de Víctimas nos dio una ayuda de cien mil pesetas y con alguna beca pude estudiar Geografía e Historia y mi hermana Derecho.
Al principio los amigos de mi padre nos ayudaron, ahora alguno ya ha muerto, otros se han jubilado. Pero a nivel más institucional, por ejemplo, mi madre no comenzó a cobrar su pensión hasta un año después del atentado. La Guardia Civil le ofreció un adelanto de cuarenta mil pesetas al mes, que después reintegró. Mi hermana y yo recibimos una pensión de orfandad de ocho mil pesetas cada una hasta los dieciocho años. Con eso tuvimos que salir adelante. Luego hubo algunas promesas que no se cumplieron. A mi padre le faltaba muy poco para ascender a sargento y nos dijeron que se iba a efectuar esa promoción, también que iban a colocar una placa a él y a Fidel en Correos… Pero nadie se acordó de eso, aunque algunos terroristas aún tengan su placa en las plazas.

Véase también Fidel Lázaro Aparicio.

VÍCTIMAS DEL TERRORISMO
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