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Bonifacio Martín Hernández2019-02-26T09:09:24+00:00
BONIFACIO MARTÍN HERNÁNDEZ

Bonifacio Martín Hernández

Asesinado 30 de mayo de 2003. Sangüesa (Navarra)

Bonifacio Martín Hernández. Policía nacional.

Bonifacio Martín Hernández, de cincuenta y ocho años, natural de Sanchorreja (Ávila), estaba casado y tenía dos hijos de veinticinco y veinticuatro años. Había ingresado en el Cuerpo Nacional de Policía en 1971 y desde 1974 se encontraba destinado en Pamplona. Pasaba largas temporadas en su localidad natal, donde sus paisanos le recordaban como una persona «buenísima, bromista [y] muy querido». En 1993 había recibido la Cruz con distintivo blanco y contaba con cinco felicitaciones públicas.

El agente Martín murió junto a su compañero JULIÁN EMBID LUNA al estallar una bomba-lapa colocada en los bajos de su vehículo. Ambos habían acudido a Sangüesa a facilitar a los vecinos la tramitación de la expedición del Documento Nacional de Identidad. Lo hicieron acompañados de otro policía, Ramón Rodríguez, que salvó la vida porque la explosión le sorprendió cuando todavía no se había introducido en el vehículo. El candidato a la alcaldía por el Partido Socialista, José Luis Lorenzo, se encontraba en las proximidades del lugar donde se produjo el atentado. Por ello pudo socorrer a Ramón Rodríguez, al que apartó del coche en llamas en el que yacían sus compañeros.

El presidente navarro, Miguel Sanz, declaró que la bomba había sido colocada por los terroristas «a plena luz del día, en horario de trabajo y en una plaza muy concurrida en la que había multitud de oficinas, obras en construcción y gente paseando». La forma en la que tuvo lugar el atentado hizo sospechar que los criminales contaron con la ayuda de algún vecino del pueblo que comunicó a los asesinos que los policías se encontrarían en Sangüesa realizando las renovaciones del DNI ese día.

Una semana después del asesinato de los policías, el Parlamento vasco, debido a la oposición del Partido Nacionalista Vasco (PNV) y Eusko Alkartasuna (EA), bloqueó la disolución del grupo de Batasuna, partido que había sido ilegalizado meses atrás. La actitud de los nacionalistas vascos coincidió en el tiempo con la decisión de la Unión Europea de incluir a Batasuna en la lista pública de organizaciones terroristas. Años después, en 2008, Juan María Atutxa, presidente del Parlamento vasco y dirigente del PNV, fue condenado por un delito de desobediencia a la autoridad judicial al haberse negado en 2003 a cumplir el mandato del Tribunal Supremo que le exigía disolver el grupo de la ilegal Batasuna.

En el aniversario de su asesinato, las dos víctimas fueron recordadas por familiares, amigos y políticos. Todos ellos se reunieron en el monolito que se erigió en la localidad de Sangüesa en el mismo lugar de la explosión. Les acompañó Ramón Rodríguez, el compañero que también resultó herido de gravedad en el atentado en el que perdieron la vida Julián Embid y Bonifacio Martín.

Los policías asesinados en Sangüesa fueron las últimas víctimas mortales de ETA en 2003, aunque la organización terrorista intentó asesinar en otras ocasiones. El 14 de septiembre dos agentes de la Policía Autonómica vasca resultaron gravemente heridos en el alto de Herrera, en Lagrán (Álava), lugar al que habían acudido tras recibir un aviso de un accidente. Varios terroristas les aguardaban para tirotearles. Uno de los ertzainas recibió varios disparos en la cabeza, mientras que el otro sufrió heridas en un brazo y en el pecho, que resultaron de menor gravedad gracias al chaleco antibalas. Los partes médicos señalaron que uno de los heridos recibió «tres impactos en la hemicara izquierda de la región malar, con afectación ósea de órbita y malar izquierdos», además de sufrir el estallido del globo ocular izquierdo. Su compañero presentaba una fractura de cúbito en el antebrazo izquierdo.

La Ertzaintza ya había sido en julio de ese año blanco de la violencia terrorista. A comienzos de ese mes, ETA intentó matar en Bilbao a desactivadores de explosivos de dicho cuerpo mediante una trampa. Los terroristas colocaron un coche-bomba con una olla industrial cargada con quince kilos de dinamita Tytadine y prepararon el mecanismo de activación. El dispositivo no fue conectado para que diese la impresión de que por olvido los etarras no lo activaron. Sin embargo, en el fondo de la olla los terroristas habían escondido el verdadero mecanismo, consistente en una cápsula de mercurio conectada al detonador que debía estallar cuando alguien moviera el recipiente. El artilugio, similar a una bomba-lapa, no llegó a estallar porque los policías descubrieron la trampa al sospechar del supuesto fallo de los terroristas.

Además, el 18 de febrero de ese mismo año una bomba colocada junto a la casa de un ertzaina cerca de Gernika fue desactivada por la Unidad de Explosivos de este cuerpo. El artefacto estaba preparado para ser activado mediante un mando a distancia.

Véase también Julián Embid Luna.

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