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Francisco Berlanga Robles2019-02-26T08:42:50+00:00
Francisco Berlanga Robles

Francisco Berlanga Robles

Asesinado 2 de enero de 1979. Pamplona

Francisco Berlanga Robles. Policía nacional.

El cabo Francisco Berlanga Robles, artificiero de la Policía Nacional, había disfrutado de unas cortas vacaciones de Navidad en Málaga, su tierra natal, junto a Catalina Navarro, su esposa, y sus tres hijos, Juan Ignacio, Francisco Javier y Tamara. El más pequeño tenía nueve meses, y el mayor, cinco años. El 31 de diciembre de 1978 regresó a Pamplona tras despedirse de su familia con un «hasta pronto», ya que esperaba conseguir el traslado a Málaga en cuestión de semanas.

Apenas dos días después, el 2 de enero, miembros del Comando Nafarroa de ETA colocaron una bomba en las oficinas de la Inmobiliaria Jiménez Fuentes, situada en la céntrica plaza del Castillo de la capital navarra. El artefacto fue localizado por los empleados del establecimiento, que dieron aviso a la Policía. Francisco Berlanga y varios compañeros se acercaron y, como primera medida, procedieron a desalojar a las personas que se encontraban en los establecimientos más cercanos para evitar que corrieran riesgos. Después, el cabo acudió a inspeccionar el artefacto y en ese momento se produjo la explosión de la bomba, que dejó al policía herido de muerte.

Francisco Berlanga, nacido en la localidad de Casarabonela (Málaga), tenía veintiséis años y se encontraba destinado en la capital navarra desde que terminó el curso de desactivación de explosivos, hacía casi un año.

La esposa de Francisco, que se encontraba en Málaga, empezó aquel día a recibir llamadas inquietantes. Primero fueron dos amigas de Madrid que no le dijeron nada, pero que la dejaron intranquila. Después fue una llamada de la Policía en la que le indicaban que acudiera con sus hijos a la casa de sus suegros. Recibió otra llamada en la que le dijeron que Francisco había sufrido un accidente, pero que se encontraba bien. A mediodía se presentaron en casa un capitán y un agente para comunicarle que su marido había muerto y que tenía que ir a Pamplona.

La propia Catalina relató en las Jornadas de Solidaridad con las Víctimas organizadas por Gesto por la Paz en noviembre de 2006 (revista Bake Hitzak, 63) que cuando ella y los padres de Francisco llegaron a la capital navarra les pidieron que fueran discretos y les ofrecieron calmantes para soportar el dolor. El féretro con los restos de su marido fue trasladado al día siguiente en un avión militar desde Vitoria a Málaga.

La viuda tendría que enfrentarse a una nueva y dura situación, con tres hijos pequeños y sin medios económicos suficientes, pues solo le quedó una pensión por «muerte natural» de su marido. Tuvo que ingresar a los hijos en un colegio para huérfanos y trabajar en bares, limpiando casas, cuidando niños, cualquier empleo que le permitiera sacar adelante a su familia. Los tres hijos no pudieron estudiar porque el daño psicológico sufrido no se lo permitió.

Veinticinco años después del atentado, el 24 de enero de 2004, la viuda de Francisco Berlanga regresó a Navarra para asistir al acto de recuerdo que organizaron en el acuartelamiento de Beloso los compañeros de su esposo, tal como recoge Javier Marrodán en su libro Regreso a Etxarri-Aranatz (Sahats Servicios Editoriales, 2004). «La bomba que mató a su marido me la habían puesto a mí». Era la primera vez que el empresario Fernando Jiménez Fuentes se dirigía a la viuda de Francisco Berlanga.

El 30 de noviembre de 1982, la Sala 1.ª de lo Penal de la Audiencia Nacional dictó la sentencia número 154 que condenaba a los miembros de ETA Ricardo Garciandia Solano, Miguel Mateo Asnariz Dicastillo y María Gloria del Sagrario Recarte Gutiérrez a 21 años de prisión mayor y al pago de 10 millones de pesetas a los herederos del policía nacional asesinado. A la viuda ni siquiera le comunicaron la celebración del juicio.

VÍCTIMAS DEL TERRORISMO
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